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La Cumbre: Cuando el Empedrado Tiene la Culpa

La Cumbre: Cuando el Empedrado Tiene la Culpa

Desde hace un par de meses, cuando el festival Fauna primavera anunció su cancelación porque no pudieron contratar un cabeza de cartel lo suficientemente atractivo, parte de las expectativas del resto de la temporada de música en vivo al aire libre se volcaron a La Cumbre. El evento apostaba por superar nada menos que dos cancelaciones este año trasladándose a Rancagua. Interesante y atrevida movida: sacar el festival de Santiago y llevarlo a regiones. Descentralización al ritmo de la música chilena. Fantástico. Suena a política de estado pero no. Es un negocio privado.

Miro la pulsera de prensa válida para los dos días. Es de papel, humilde, frágil. Me pregunto si habría aguantado la ducha y el trajín como sucede sin problemas con la de Lollapalooza después de tres jornadas. Leo gente maldiciendo en Twitter porque ayer los pasajes a Rancagua habrían subido de precio y también quienes reportaban su alegría por asistir al evento. Repaso el comunicado de la organización. Asoma el nombre de Juan Andrés Ossandón, su productor histórico. Desde hace décadas la gente del medio artístico y musical chileno sabe perfectamente quién es. Tiene carrete en el negocio, cuenta con un nombre. En el comunicado, que zigzagueante reconoce permanentes problemas de financiamiento, dan las gracias a la municipalidad de Rancagua y el Consejo regional de la VI región por prestar apoyo económico, aunque viene con un cariñito entre paréntesis (“no todo el que necesitábamos, pero muy valioso y se agradece”).

Repaso una y otra vez lo siguiente:

“Sucumbimos frente a los eventos gratuitos, que fueron socavando las bases de nuestra propuesta (justamente lo inverso, cultivar valor, y estrechar la brecha de percepción entre artistas nacionales y extranjeros)”.

Así lo lee la organización. Claudican ante una competencia que insinúan desleal -“los eventos gratuitos”-, una categoría conviviente con los eventos pagados en el libre mercado. La Cumbre se cancela no por las fallas rotundas detalladas en el informe emitido el viernes 4 por Patricio Toro Benavides, ingeniero ambiental experto en prevención de riesgos, para la Intendencia regional, sino porque así como están las cosas, con espectáculos que no cobran, no se puede. La culpa es de esos otros indefinidos que no dignifican la escena como si lo intentó La Cumbre durante 12 años.

El reporte del ingeniero aterriza las cosas y explica contundente por qué el festival era absolutamente inviable. No había seguridad ni electricidad ni condiciones sanitarias mínimas. La comida -el área de food trucks- estaba mal implementada, faltaban baños y puntos de hidratación. Las empresas contratadas retiraron sus equipos por no pago. La conclusión del prevencionista en el punto 5 del informe deja en claro la imposibilidad del espectáculo con aforo para 26.000 personas: “Representa un riesgo sanitario y de seguridad para el público asistente y los trabajadores y además puede alterar el orden y seguridad pública del sector”.

La Cumbre estuvo a horas de convertirse en la versión local del bullado Fyre festival que estafó a un público zorrón estadounidense en 2017. De llevarse a cabo habría sido un duro golpe a la credibilidad en torno a los eventos de este tipo que han crecido enormemente durante la década en Chile. La decisión de la intendencia es sensata e inapelable. Impidieron un desastre generado por una marca desgastada que merecía un receso y eventualmente un rebautizo, en vez de insistir tres veces.

Hay algo genuinamente valioso en las intenciones de La Cumbre, una misión pendiente para la escena local: “estrechar la brecha de percepción entre artistas nacionales y extranjeros”. Un punto clave que exige gestores a la altura capaces de reconocer las condiciones del medio para trabajar sin chistar. En las explicaciones de la organización se sugiere que el empedrado tiene la culpa. Otros vemos tres strikes de su absoluta responsabilidad.

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Desde hace un par de meses, cuando el festival Fauna primavera anunció su cancelación porque no pudieron contratar un cabeza de cartel lo suficientemente atractivo, parte de las expectativas del resto de la temporada de música en vivo al aire libre se volcaron a La Cumbre. El evento apostaba por superar nada menos que dos cancelaciones este año trasladándose a Rancagua. Interesante y atrevida movida: sacar el festival de Santiago y llevarlo a regiones. Descentralización al ritmo de la música chilena. Fantástico. Suena a política de estado pero no. Es un negocio privado.

Miro la pulsera de prensa válida para los dos días. Es de papel, humilde, frágil. Me pregunto si habría aguantado la ducha y el trajín como sucede sin problemas con la de Lollapalooza después de tres jornadas. Leo gente maldiciendo en Twitter porque ayer los pasajes a Rancagua habrían subido de precio y también quienes reportaban su alegría por asistir al evento. Repaso el comunicado de la organización. Asoma el nombre de Juan Andrés Ossandón, su productor histórico. Desde hace décadas la gente del medio artístico y musical chileno sabe perfectamente quién es. Tiene carrete en el negocio, cuenta con un nombre. En el comunicado, que zigzagueante reconoce permanentes problemas de financiamiento, dan las gracias a la municipalidad de Rancagua y el Consejo regional de la VI región por prestar apoyo económico, aunque viene con un cariñito entre paréntesis (“no todo el que necesitábamos, pero muy valioso y se agradece”).

Repaso una y otra vez lo siguiente:

“Sucumbimos frente a los eventos gratuitos, que fueron socavando las bases de nuestra propuesta (justamente lo inverso, cultivar valor, y estrechar la brecha de percepción entre artistas nacionales y extranjeros)”.

Así lo lee la organización. Claudican ante una competencia que insinúan desleal -“los eventos gratuitos”-, una categoría conviviente con los eventos pagados en el libre mercado. La Cumbre se cancela no por las fallas rotundas detalladas en el informe emitido el viernes 4 por Patricio Toro Benavides, ingeniero ambiental experto en prevención de riesgos, para la Intendencia regional, sino porque así como están las cosas, con espectáculos que no cobran, no se puede. La culpa es de esos otros indefinidos que no dignifican la escena como si lo intentó La Cumbre durante 12 años.

El reporte del ingeniero aterriza las cosas y explica contundente por qué el festival era absolutamente inviable. No había seguridad ni electricidad ni condiciones sanitarias mínimas. La comida -el área de food trucks- estaba mal implementada, faltaban baños y puntos de hidratación. Las empresas contratadas retiraron sus equipos por no pago. La conclusión del prevencionista en el punto 5 del informe deja en claro la imposibilidad del espectáculo con aforo para 26.000 personas: “Representa un riesgo sanitario y de seguridad para el público asistente y los trabajadores y además puede alterar el orden y seguridad pública del sector”.

La Cumbre estuvo a horas de convertirse en la versión local del bullado Fyre festival que estafó a un público zorrón estadounidense en 2017. De llevarse a cabo habría sido un duro golpe a la credibilidad en torno a los eventos de este tipo que han crecido enormemente durante la década en Chile. La decisión de la intendencia es sensata e inapelable. Impidieron un desastre generado por una marca desgastada que merecía un receso y eventualmente un rebautizo, en vez de insistir tres veces.

Hay algo genuinamente valioso en las intenciones de La Cumbre, una misión pendiente para la escena local: “estrechar la brecha de percepción entre artistas nacionales y extranjeros”. Un punto clave que exige gestores a la altura capaces de reconocer las condiciones del medio para trabajar sin chistar. En las explicaciones de la organización se sugiere que el empedrado tiene la culpa. Otros vemos tres strikes de su absoluta responsabilidad.

Por Marcelo Contreras, De Culto, La Tercera.cl / Foto Arturo Vargas

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